Columna

Si la autonomía médica es invaluable, ¿por qué no pagamos por ella?

De cuando en cuando llegan esos momentos de “rasgada de vestiduras” gremial. Cuando vienen las agresiones (incluso asesinatos) que han sufrido colegas, vemos que alguno cayó en desgracia por situaciones de salud o económicas o nos enteramos de un doloroso suicidio. Oímos entonces en los grupos médicos que “no nos hacemos valer…”, “en la pandemia si nos aplaudían…”, “no tenemos quien nos defienda…”.

Esos esporádicos mea culpa nos recuerdan algo que se fue instalando hasta normalizarse. Síntomas de una enfermedad gremial crónica, altamente debilitante. No me referiré aquí a la grave situación del sistema en el que nos desenvolvemos: que si está bien financiado o no; que si estamos contratados dignamente o no, etc. Quiero irme al otro lado de la ecuación: al término que puede protegernos individual y colectivamente. Ese vector opuesto es la autonomía profesional.  

Es ella la que nos permite tomar nuestras propias decisiones; es ese autogobierno que hace que lo que hagamos refleje y haga valer nuestros intereses. Si somos el producto de nuestras decisiones, entonces la autonomía (o su carencia) nos permitirá ir (o no) en el camino que deseamos, análogo al libre desarrollo de la personalidad. La autonomía no se cede o se recibe. Se gana y se construye viviendo y aprendiendo de las experiencias, tomando decisiones y asumiendo sus consecuencias. Nos permite cimentar la autoestima disciplinar y gremial y es, por tanto, invaluable. Demasiado valiosa, como para no pagar por ella. Me recuerda una cuña anterior de una tarjeta de crédito que parafraseo aquí: “viajar a ver tu equipo ganar no tiene precio. Para todo lo demás está…” (esa tarjeta). 

La autonomía médica es esa voz interior que se expresa en la capacidad de orientarnos y decidir como gremio. Trae consigo un crecimiento proporcional en la fortaleza que puedan tener sus organizaciones. Miremos la asociación médica americana (AMA) o británica (BMA): su impacto sobre la regulación profesional; sobre el avance y uso del conocimiento que ofrecen al mundo sus revistas, o el peso que tienen sobre el funcionamiento del sistema de salud dentro (y fuera) de sus países. Son asociaciones vivas y transformadoras en la medida que preservan su autonomía, que proviene fundamentalmente de sus 200-300 mil afiliados. Esa autonomía les permite fijar sus directivas y constituir una voz independiente, deliberante e influyente. 

La autonomía apuntala nuestra independencia y poder de decisión, nos hace adultos. Si como tal nosotros pagamos nuestras cuentas y servicios, y nos hacemos responsables de ello, so pena de suspensiones o sanciones ¿Por qué lo hacemos como individuos y no como profesionales? ¿Acaso no está eso contemplado desde el juramento hipocrático? ¿Por qué no buscamos esta hermandad de la que habla? ¿Por qué, por ejemplo, buena parte de nuestras sentadas a la mesa con colegas son pagadas y en presencia de terceros? ¿Por qué no nos hacemos más responsables de definir el qué, cómo y quién imparte nuestra “educación médica continuada”? ¿Por qué nuestras sociedades científicas se resignan a que los congresos de la especialidad “sólo son posibles” con el aporte de la industria farmacéutica?  Y por qué, si pagáramos nosotros por esos servicios, ¿no actuamos como contribuyentes, participamos en nuestras organizaciones profesionales y les exigimos?

La importancia de la autonomía supone buscarla y defenderla, pero también hacernos responsables de ella y de sus consecuencias, más como médicos. En Colombia, se ha traído a colación en los últimos años, en parte por la incómoda injerencia de la figura de los auditores de las aseguradoras. La autonomía médica es uno de los principios en la ley estatutaria de salud, aplicada a las decisiones en el manejo de pacientes, que implica 4 elementos connaturales: la autorregulación, la ética, la racionalidad y la evidencia científica. Tales responsabilidades parecen hoy delegadas en esos auditores, que surgen en buena medida ante la falta de autorregulación. La otra ironía es que, por falta de poder e influencia de nuestras organizaciones, esta ley sancionada hace más de 10 años sigue aún sin reglamentar.  

Cuando buscamos explicaciones en esos momentos de “efervescencia y calor”, envidiamos otros gremios mejor organizados. Y nos justificamos diciendo que esos se financian automáticamente, por descuentos directos. Claro está que, de haberlo, un empleador médico de gran tamaño (V.g. el Instituto de Seguros Sociales de la época, o el servicio nacional de salud británico) generaría casi espontáneamente una organización de gran tamaño (V.g. la hoy languideciente ASMEDAS, o la poderosa BMA). En nuestro paisaje plagado de informalidad laboral, son escasos los médicos con remuneración justa, estabilidad, vacaciones y otros derechos laborales de rigor para el común. Pero, ¿por eso debemos soportar y sufrir la debilidad gremial? Me niego a pensar que la falta de laboralización sea la única explicación. Acaso, ¿no mantiene nuestra debilidad organizativa esas condiciones adversas?

La fortaleza gremial es asunto complejo, multifactorial, no lo dudo. Hay organizaciones fuertes de profesiones menos numerosas y grandes concentraciones de trabajadores con organizaciones débiles. Nos podríamos inculpar por falta de liderazgo, iniciativa o imaginación para motivar o conseguir financiación. No lo creo. Podríamos señalar también al estado por no aportar, a nombre de la sociedad, al sostenimiento de organizaciones médicas y sociedades científicas (lo hace con la Academia Nacional de Medicina). Parece que ahí vemos la fiebre en las sábanas, a sabiendas de que si contáramos con mayor autonomía (y así deliberación y poder) nuestra situación sería diferente.  Podríamos seguir racionalizando de una u otra forma, pero esa responsabilidad recae en nosotros mismos.

Sería muy iluso pensar en cambiar las cosas de la noche a la mañana. Lo que sí creo es que con un poco de autocrítica, asumiendo la posición adulta que nos corresponde debiéramos preguntarnos: ¿Pertenezco a alguna organización profesional en mi especialidad o región? Si así es, ¿Estoy aportando económicamente para apuntalar esa autonomía? ¿Participo como miembro en sus deliberaciones para desarrollar la mía y la del gremio? Si tan preciada es, por esta autonomía médica y por nuestras organizaciones profesionales deberíamos pagar. Tristemente, lo que estamos pagando es una alta cuota por nuestra falta de cuota.