Adiós Josefo, maestro Apolo

A los grandes maestros usualmente se les conoce primero leyéndolos, antes que personalmente. Todos tenemos nuestra colección para agradecer, pero hay niveles: muchos nos mostraron el qué se hace, o el cómo se hace en nuestra disciplina. Unos más selectos fueron modelo de rol mostrando cómo se actúa (y otros menos célebres cómo no se actúa). Pero hay otro nivel: los que nos empujan a nuevos mundos; los que, como un módulo espacial nos llevan más arriba y nos amplían el panorama; nos llevan a asumir nuevas posiciones e ir más allá de lo disciplinar.
Así me pasó con José Fernando Ocampo. Su reciente fallecimiento hizo a muchos celebrar su vida y gran legado: como historiador y político; como docente universitario, pero también activista y líder en Fecode; como primer doctor colombiano en ciencia política; como dirigente visible del MOIR y luego del Polo Democrático. Pero quiero yo honrar ese nivel superior de su magisterio: el que percibí desde la orilla lejana de médico en formación, ese fuera de las formalidades. Nunca fui su estudiante matriculado, pero sí su alumno, y él mi maestro.
Nuestro primer contacto fue siendo estudiante de medicina en la UIS de los 80s, leyendo su artículo sobre la importancia, la necesidad que Colombia, como país económicamente rezagado, impartiera una verdadera educación científica. Más adelante, su libro “Colombia siglo XX”, me mostró el pulso entre partidos y gobiernos al final del siglo XIX y principios del XX por mantener o remover una educación confesional, por hacer brotar o sustituir la naciente industria nacional, y como estas relaciones influían nuestro escaso desarrollo posterior. Me sirvió para contrastar la interpretación entonces mayoritaria de nuestra historia en los líderes estudiantiles. Otros artículos suyos me llevaron a los vericuetos curriculares para implementar esa educación científica, y preguntarme cómo aplicarían a programas de salud (que hoy esencialmente siguen teniendo los mismos currículos). Esa “línea” me resultaba no solo llamativa y novedosa, sino comprometedora.
Lo vine a conocer (digo, a verlo) personalmente unos años después, en un debate público sobre el significado de la nueva constitución del 91 en educación. Estando en minoría aplastante, aplastante fue él en ese evento contra los celebrados firmantes del M-19. Divertido y sólido, artículo tras artículo, entre argumentos e ironías, conectando pasado con presente, teoría con práctica, ponía en su sitio lo que era presentado como la gran transformación educativa que no fue (algo que 25 años después no necesita demostración).
Hubo una pausa larga, por los movimientos de la vida, y desde la reconexión, más añosos, un acercamiento progresivo con Josefo. Coincidíamos con poca frecuencia, pero buena intensidad. Le preguntaba como niño, y le escuchaba como adulto. Progresivamente horizontal, nuestra relación llegó a poderme sentir cómodo discrepando de él, porque me ayudó a hacerlo. Como una misión Apolo, sentía que en el viaje por donde me había llevado, se desataba un nuevo módulo para ir más allá. Y ahí hablamos de nosotros, la vida, el amor, la familia, el matrimonio, la influencia de la religión y la educación jesuita en alguien autodefinido como marxista. De nuestra cultura; nuestro lenguaje, la segunda lengua y nuestras experiencias como estudiantes de doctorado en momentos y países distintos. Todo esto puede sonar común, pero si se mira al profesor, caldense, exseminarista, futbolero, godo y comunista al tiempo (lo dijo él), se puede apreciar lo especial que pudo ser para mí y para tantos.
Así se forjaba una relación, donde final, e inequívocamente habría una faceta médica. No fui su médico (no lo hubiera aceptado), pero sí un consejero médico, rol más fácil aparentemente, aunque de mayor responsabilidad. No traicionaré cosas que me confió, menos ahora. Pero en el ocaso biológico, en el retiro físico quedó la lista de los temas pendientes. Me quedé sin saber su perspectiva sobre muchas cosas. De lejos, la que más hubiera querido conocer, porque la vivió de cerca, era sobre el camino que llevó a los regímenes especiales en salud en el país cuando al sancionar la ley 100 de 1993. Al final, ¿Fue bueno para los colombianos que los maestros, militares y trabajadores de Ecopetrol hicieran rancho aparte?
Entre los deberes del maestro está el señalar los buenos, y los malos ejemplos, incluyendo el suyo. Muchos se deben a sus alumnos, y en él veía la auténtica satisfacción al celebrar la brillantez y logros de sus pupilos. O su rabia frente a decepcionantes movidas de otros de ellos. O la risa que la causaban las tragicómicas marrullas de sus adversarios y el desdén por quienes abdicaban sus principios, O reconocer su vanidad al no aceptar fácil o públicamente equivocaciones. “Ah, no, de eso si no aprenda, mijo”.
Tuve el privilegio de tenerlo en la celebración de mis 50 años. Al invitarlo, forcejeamos por sus pasajes Bogotá-Bucaramanga, pero pactamos que él pagaría un trayecto y yo el otro. Su regalo obvio fue, además de asistir, su libro con dedicatoria. Sé que disfrutó participar. Maestro siempre, se puso disciplinado en modo celebración, regando su buen humor, carcajeando de vez en cuando, y esquivando provocaciones a charlas trascendentales.
Un asistente a la fiesta, uribista hasta la médula (era 2014), desafiante, le preguntó:
– ¿Y cómo califica usted el gobierno de Uribe?
Josefo responde:
– Creo que no ha pasado suficiente tiempo para hacer un juicio histórico serio.
Despachado.
Y al día siguiente, de vuelta al aeropuerto, queriéndome aprovechar del huésped cautivo, intentaba forzar la conversación hacia la criticable presencia de los Moreno Rojas en el Polo, y su obsecuente tolerancia con dirigentes machistas o corruptos conocidos. Después de una larga (seguramente aburridísima) introducción le pregunto:
– Y entonces, ¿Cuál debería ser la relación de la ética y la política en un partido que se precie de revolucionario?
Josefo contra pregunta:
– ¿No tenés un tema más livianito para un guayabo un domingo por la mañana?
Son pocos esos grandes, que nos pasean, nos muestran, nos enseñan casi, casi en toda la órbita completa. Gracias Josefo inolvidable, por transformarme.