Las plagas y el futuro

El asunto de las plagas nos viene rondando desde la historia bíblica del antiguo Egipto. Dice la leyenda que Yahveh infligió a los habitantes de Egipto diez calamidades, desde ríos de sangre hasta muerte de primogénitos, pasando por toda clase de bichos y tormentos, para lograr que el Faraón dejara libres a los esclavos hebreos. Solo la última plaga, la de los primogénitos muertos, afectó tan directamente al Faraón que finalmente permitió el famoso, aunque dudoso, éxodo judío. Al parecer, como es usual, fue necesario tocar directamente las fibras del poder para lograr los cambios.
Hoy aparece otra plaga de moda; aunque, si somos estrictos, en español la conocemos mejor como peste: la enfermedad infecciosa, usualmente zoonótica, causada por la bacteria Yersinia pestis (ver). Parece que fue la responsable de la plaga de Justiniano (541-750) y, en el siglo XIV, la famosa muerte o peste negra debida a este microorganismo causó la muerte de más de 25 millones de europeos de la época. La reciente muerte por neumonía de una joven trabajadora de un laboratorio en Siberia que investiga la Yersinia, entre otros patógenos, ha encendido las alarmas por el misterio que ha rodeado el incidente y por el temor que despiertan este tipo de fenómenos (ver). Ese temor, adicionalmente, se ve incrementado por otras dos noticias de actualidad: la capacidad de la inteligencia artificial para crear nuevos tipos de virus que no se encuentran actualmente en la naturaleza (ver), y la posibilidad de generar “vida en espejo” a partir de moléculas ensambladas en una dirección opuesta a la que se conoce hasta ahora de la vida en la tierra: los ácidos ribonucleicos DNA y RNA se ensamblan únicamente “hacia la derecha”, mientras que las proteínas encadenan los aminoácidos “hacia la izquierda”. Nuevas formas de vida, como virus o bacterias construidos desde esta estructura “inversa”, podrían ser resistentes al sistema inmune de diversos animales y también a los microbicidas convencionales (ver).
El temor, este temor ante las anteriores noticias, es bastante racional: lo que parecen ser simplemente incidentes de laboratorio o avances revolucionarios en la ciencia, se pueden convertir, o quizás hagan parte ya, de un escalón más en la desbocada carrera de la humanidad hacia el vacío: insumos para una guerra biológica y armas fácilmente disponibles para el más puro bioterrorismo. El ejemplo más reciente de este último, aunque al parecer nunca supimos la historia completa y verdadera detrás de los hechos, fueron las cartas con esporas de Bacillus anthracis (causante del ántrax o carbunco) que llegaron hace más de 20 años a varios medios de comunicación y políticos de los Estados Unidos, infectando a 22 personas y matando a cinco de ellas (ver). Por lo tanto, parece una perspectiva demasiado realista aquella de que la ciencia y la tecnología, de la mano de la biología, pueden permitir un renovado interés en los oscuros métodos que le han dado sustento a algunos de los mayores hitos en la historia de la humanidad: la violencia como motor de cambio y como un mecanismo eficaz para eliminar a los adversarios.
La guerra atraviesa indolente toda nuestra vida pasada y presente. Las dos guerras mundiales se siguieron de innumerables guerras locales y regionales con alcance internacional, y cada día estamos ante un nuevo episodio de esa sangrienta novela de terror: Sudán, Etiopía-Eritrea, Ucrania, Malí y Burkina Faso, Siria, Líbano, Myanmar, Afganistán-Pakistán, Yemen, Arabia Saudita y los hutíes, entre muchos otros (ver). Un caso aparte es el genocidio de Israel contra el pueblo Palestino y la amenaza reiterada del presidente de los Estados Unidos de “borrar una civilización” y “desatar el infierno” en Irán. La guerra es una constante en nuestra cotidianidad, aunque parece percibirse muy lejos; y todos estos hechos, aparentemente sueltos, relacionados con las epidemias, las enfermedades infecciosas, la ciencia y los descubrimientos biotecnológicos, pueden ser solamente la materia prima para otra plaga más letal, más resistente, más evolucionada: la humanidad en una guerra constante contra sí misma.
Evidentemente hemos sobrevivido, hasta ahora, a todas las guerras. Pagando diferentes precios y con muchas secuelas de todo orden, la humanidad como las conocemos continúa sobre la tierra. Lo que no podemos saber con certeza es si esta última generación de homínidos será capaz de sobreponerse a sí misma.