La estética del cuerpo y el sentido del ser humano

La estética, desde una perspectiva filosófica, relaciona estrechamente una esencia con una percepción. Una realidad en sí misma, potencialmente independiente, con una forma de percibir dicha realidad. Más allá de lo puramente experiencial, de lo que perciben los sentidos, hay un juicio estético que necesariamente está modelado por muchos factores de orden cultural, social, económico, educativo y personal. De ahí la complejidad identitaria para el constructo de la belleza. No solamente puede haber muchos conceptos y definiciones de la belleza, sino que obligatoriamente tendremos muchas miradas a esa belleza, miradas que están atravesadas por nuestras propias experiencias previas y por nuestras expectativas.
El cuerpo, como objeto estético, parece ser un punto de confluencia de la sociedad que lo define y lo imagina, y del individuo que lo siente y lo vive. Y ese individuo, como un todo abstracto, parece estar obligado no solamente a vivir ese cuerpo, sino a moldearlo y transformarlo de acuerdo con un entorno hostil que le dicta lo que debe ser: ¿este, mi cuerpo, está “bien”? ¿es como “debe” ser? ¿cómo me ven los demás? ¿me ven bien los demás? O Simplemente…¿sí me ven?
Hace poco leí un hermoso recuento de un cuerpo vivido, o no vivido, desde la negritud y la región en Antioquia (ver), que termina reivindicando la identidad como un territorio infranqueable, y frecuentemente las noticias nacionales nos cuentan de una muerte relacionada con un procedimiento estético realizado por personas sin formación para hacerlo, y en sitios muy lejanos de ser idóneos para hacer intervenciones de cualquier tipo. ¿Cómo vivo mi cuerpo, si debo que gastar el dinero que no tengo para que cualquier farsante me convenza de que es capaz de transformarlo?.
Mucho más evidente en entornos de mejor estatus socioeconómico y de mayores ingresos, los cuerpos se someten a un “deber ser” de artificialidad exuberante con traseros irreales y senos eternamente antigravitatorios, junto con innumerables cirugías y procedimientos estéticos que no solamente no respetan sexo ni edad, sino que ni siquiera soy capaz de explicarles. Solo caminen un fin de semana por un centro comercial de las zonas más exclusivas de su ciudad y examinen con algún detalle el panorama.
Un espécimen contemporáneo de la siempre sorprendente sociedad norteamericana, autodenominado clavicular, es la estrella de la ascendente comunidad “looksmaxxing”, para quienes no hay absolutamente ningún límite en la “virtuosa consecución de la belleza masculina”: testosterona para la masa muscular, metanfetaminas para la esbeltez, martillos para cincelar los pómulos, cirugías para el ensanchamiento del perímetro corporal y el aumento de la estatura… (ver).
Entonces… ¿este, mi cuerpo, no es suficiente para mi o no es suficiente para quiénes me rodean y me ven? ¿habito un cuerpo ajeno que deforma mi esencia vital? ¿es el sentido estético de mi cuerpo el que define mi presencia y mi papel en el mundo?
Fernando Pessoa parece darnos otra aproximación (Sobre literatura y arte «Apuntes para una estética no aristotélica», p. 253.): “Creo poder formular una estética basada no en la idea de belleza, sino en la de fuerza, tomando, está claro, la palabra fuerza en su sentido abstracto y científico, pues, si fuese en el vulgar, se trataría, en cierto modo, sólo de una forma disfrazada de belleza.”
Es la fuerza. Debe ser la fuerza. La fuerza que nos conecta y nos mueve como seres humanos, la fuerza que nos permite sentir nuestros cuerpos siempre en el momento y en el lugar correcto. Es la fuerza vital que nos trajo desde los primeros homínidos hasta La Venus de Botticelli y la teoría de cuerdas. Es la fuerza vital la que debe dictar y darle sentido a una estética del cuerpo. Es esa fuerza la que subyace en el verdadero sentido del ser humano. Esa fuerza no necesita bótox, rinoplastias, siliconas, marcación, contornos, volúmenes, correcciones, ni nada parecido.
Y también podemos seguir a Alfonso Quijada Urías (El Salvador, 1940) en su “Epocalipsis”:
“Estoy harto…Harto, muy harto de todos los medios del diario consumo. Estoy harto del orden con que se encubre la mugre, cansado de la verdad con que se disfraza la mentira. He bebido en tu boca los jugos de la sombra y leído en tus manos los signos del desastre.Estoy harto de la belleza moderna, del silicón con que reviste su esqueleto. Harto del mundo cada vez más inmundo, de sus profetas y ministros, del dios que sólo cabe en sus carteras.”
No es simplemente la comprensión de la belleza del cuerpo. Es el mismo sentido de nuestro quehacer como seres humanos.