¿De qué hablamos cuando nos referimos a la gordura?

Antes parecía fácil: índice de masa corporal (IMC: peso del individuo en kilogramos divido por el cuadrado de su altura en metros = kg/m2) hasta, o mayor a 30, y pare de contar. Mentiras. Ese número reduce un problema social y de salud mucho más complejo a la simple dicotomía de “por debajo de cierto número estoy bien y a partir de cierto número estoy mal”. El eufemismo es que tener 30 o más de IMC es ser obeso, pero tener 29.9 es “apenas sobrepeso”. Simplemente ridículo. Ese número puede sobreestimar o subestimar un problema de inmensas consecuencias para la salud pública de todas las naciones y también, quizás más importante, para la calidad de vida de las personas. Lamentablemente, el IMC es la herramienta más común y fácilmente disponible en todas partes del mundo para identificar, o al menos sospechar, cuáles individuos pueden estar en riesgo.
El verdadero problema de base, igualmente problemático en su definición, es el “exceso” de tejido graso o adiposo en el cuerpo. Y las consecuencias que este exceso puede tener, que crecen de manera lineal con una clara relación dosis-respuesta, son devastadoras: enfermedades cardiovasculares y renales, problemas neurológicos, enfermedades pulmonares, ciertos tipos de cáncer, enfermedades metabólicas como la diabetes mellitus de tipo 2 y un largo etcétera. Infortunadamente, adicional a que el “exceso” de grasa corporal es una característica muy individual que está condicionada por diversas variables como el sexo, la edad y la etnicidad; la misma medición de la grasa corporal de manera directa requiere técnicas de diagnóstico que no son de uso común (como la DEXA o la bioimpedancia), por lo que tenemos que echar mano de determinaciones indirectas y complementarias al IMC, no necesariamente más exactas, como el perímetro de la cintura (la circunferencia de la cintura) y el índice cintura-cadera (circunferencia de la cintura divida por la circunferencia de la cadera).
Entonces, tenemos un tremendo problema para identificar y diagnosticar la gordura, a pesar de que tenemos la certeza de las terribles consecuencias de padecerla. Pero este no es el único problema. Más grave: ¿qué hacemos con ella? Como es habitual en la relación entre la salud y la enfermedad, la prevención siempre es la estrategia más eficaz, fácil y económica. Pero en este caso particular no parece ser tan “sencillo”. Los hábitos nutricionales saludables y la actividad física regular son un aprendizaje adquirido durante la infancia y una costumbre reforzada permanentemente, con mucha dificultad, a través de toda la vida.
Pero incluso en el caso de lograr dichos hábitos desde temprana edad, eso no es una garantía contra la maldición de la genética, que puede hacerle trampas a cada metabolismo para que el eje cerebro-intestino siempre esté desbalanceado: con dieta o sin dieta, con ejercicio o sin ejercicio, algunos seres humanos siempre están del lado del aumento de peso, bien sea porque su percepción de saciedad está afectada, o porque su tasa metabólica basal es incapaz de procesar de manera adecuada los aportes diarios de calorías y nutrientes. La fisiopatología de la obesidad parece ser mucho más compleja que un simple desequilibrio entre lo que entra y lo que sale del cuerpo y, de hecho, no la entendemos todavía del todo; pero es claro que las causas no son únicas y no siempre son solo las chocolatinas, los helados y las hamburguesas con las que culposamente pecamos de vez en cuando. El estigma del “gordo tragón” ha hecho un daño terrible, por exceso y por defecto, en amplios sectores de la población: “si es solamente mi responsabilidad, no necesito buscar ayuda y debo ocuparme yo mismo de mi problema” o “si me como este helado y estas papas (no necesariamente en esa combinación…) me voy a poner como una ballena”.
Las innumerables recomendaciones multicomponente acerca de intervenciones nutricionales, hábitos de vida y actividad física no siempre logran un éxito completo y difícilmente parecen sostenerse más allá de unos 12 meses. Y los diversos tipos de cirugía bariátrica, con todas sus implicaciones médicas y emocionales, se reservan para los casos más extremos de obesidad o de complicaciones derivadas del aumento de peso. Los nuevos medicamentos para la obesidad (principalmente agonistas del receptor GLP-1 y similares, el actor que vino a patear el tablero en la última década) constituyen un capítulo aparte que tiene consecuencias aún imprevisibles en términos sociales, políticos, económicos, culturales y de salud pública. Son la última metamorfosis exitosa del siempre peligroso capitalismo farmacéutico. Para la muestra, solamente dos perlas: estos medicamentos podrían representar un mercado mundial de 150 mil millones de dólares para el 2035, y se convierten en un tipo muy particular de adicción: su interrupción conduce a un retorno al peso inicial en un lapso aproximado de 18 meses. Como bien concluye un reciente editorial de Lancet: “La medicación por sí sola no revertirá la obesidad. Los agonistas del receptor GLP-1 no pueden abordar la pobreza, la urbanización ni los entornos alimentarios perjudiciales. Pero pueden y deben formar parte de un enfoque sistémico que integre la prevención, la atención y el tratamiento.”
Ese enfoque integral hacia la prevención, la atención y el tratamiento de la obesidad es el que debemos considerar. Una verdadera estrategia de salud pública en este tópico debe empezar por una aproximación intensiva a los niños y adolescentes, a su alimentación y a sus hábitos de vida, a su entorno familiar y social. Tengan siempre presentes a sus hijos: los primeros 10 años de vida los definen.