Los médicos, los fraudes y el mundo en el que vivimos

Este ha sido un tema reiterativo en las últimas semanas, comentado sabiamente por ilustres colegas y que ameritó, además, un interesante podcast en este mismo portal [Escuchar en Spotify]. De manera que los antecedentes, un grupo de médicos detectados haciendo fraude en el examen de admisión para ingreso a especialidades médicas y quirúrgicas de la Universidad de Antioquia, parece que están suficientemente ambientados.
La “fotografía” de los culpables, nada menos que médicos graduados y no simples estudiantes de secundaria, así como las consecuencias jurídicas, éticas, morales y de todo tipo que se esperan para ellos, también parecen muy bien documentadas. De manera que no voy a ahondar en eso. Me pregunto más bien, y quisiera que nos preguntáramos todos, por la o las causas que llevan a esa conducta. En Colombia parece hacer escuela ese famoso refrán de “hecha la ley, hecha la trampa”; con un cierto mérito detrás, consistente con esa idea de suponer que “somos muy vivos” y eso nos hace mejores.
Mi hipótesis es que la intención tramposa de los candidatos a residentes se derivó de dos condiciones del mundo actual, diferentes pero totalmente complementarias, que tienen una única causa subyacente: la lógica del sistema capitalista.
Esas dos situaciones son:
- La mercantilización del objeto y la práctica de la medicina.
- El mito del emprendedor y la superación personal.
Todo en nuestro presente se ha convertido en mercancía y nosotros tampoco escapamos de eso. La medicina como mercancía tiene una ya inveterada historia, que puede remontarse incluso a mucho antes del auge de la industria farmacéutica y de las ayudas diagnósticas dependientes de tecnología desechable y de consumo masivo. La mercancía en este caso es simplemente la fuerza de trabajo que se vende. Es el salario o los ingresos económicos del médico que atiende al paciente. La diferencia que hacía el viejo y devaluado Marx entre un valor de uso y un valor de cambio. El médico “se vende” mejor como especialista que como médico general. Así de sencillo. El médico general no siente sus expectativas cumplidas, no ve un norte en la atención primaria o la medicina de familia, no espera otra cosa que lograr el sueño de ser especialista, lo que le permitirá finalmente mejores ingresos y una mejor posición social.
Algunas especialidades, además, pueden ofrecer marcadas ventajas adicionales con respecto a otras en el mercado laboral, pero finalmente es mejor tener una especialidad que no tenerla. Y el empeño para lograr esa meta es sumamente complejo, no solamente porque la oferta de posgrados es superada ampliamente por el número de interesados (casi 4000 médicos para unos 150 cupos, solamente en la última convocatoria de la Universidad de Antioquia), sino porque el costo de dicha formación puede ser prohibitivo. Las universidades privadas, que pueden ofrecer entre un 60 y un 70% de los cupos totales actuales del país, tienen matrículas que usualmente no son inferiores a 20 millones de pesos por semestre. En ese contexto tan sombrío, lograr una residencia en una universidad pública parece ser el premio mayor.
La segunda constante del mundo de hoy, que ha adquirido proporciones de mito fundacional, es el emprendimiento y la superación personal. Los emprendedores que cambian el mundo, los creadores de riqueza para toda la humanidad, el joven campesino que se convierte en empresario y comerciante para generar muchos empleos, el vendedor de aguacates en el semáforo que ahora exporta fruta cristalizada a los Estados Unidos. Todo está dentro de ti. Tú puedes hacerlo. El poder está en tus capacidades y, sobre todo, en tu voluntad. Con esfuerzo, a cualquier precio, tú puedes salir adelante. Bajo la premisa de que las condiciones adversas del medio (esa minucia de las necesidades básicas de vivienda, alimentación, vestuario, educación, salud…) son apenas obstáculos que un ser humano motivado puede superar, el día a día es simplemente una competencia para ser mejor.
Sólo que eso de “ser la mejor versión de sí mismo” es una entelequia (no la del sentido Aristotélico, sino la de nuestro español de uso) que solo es posible en comparación con otros. En la lógica capitalista dominante no hay superación personal sin dejar a muchos otros atrás. El gran empresario creó 100 empleos con muy buen salario, pero su riqueza se mantiene y crece solo gracias al trabajo duro de esos 100 empleados, que no tienen su mismo avión privado, ni van a Miami de compras regularmente. Un trabajo bien remunerado para un ciudadano promedio son otros cien mereciendo ese mismo puesto, sin tenerlo. Una carrera profesional en una universidad pública son mil bachilleres que no pudieron ser admitidos. Un residente de primer año son 300 médicos generales frustrados.
En la dinámica omnipresente de la superación personal en el sistema capitalista, perdemos la esencia que ha caracterizado a la humanidad desde sus inicios: la manada. Nunca estuvimos solos, nunca crecimos solos, nunca sobrevivimos solos. Nunca fuimos “solamente yo”. Siempre fuimos, y deberíamos ser siempre, nosotros. Ubuntu (“soy porque somos”) no es simplemente el nombre de un movimiento político. Es un poderoso mensaje que viene desde las entrañas del África más profunda. Desde donde empezamos como homínidos, también viene el pequeño recuerdo de que solamente perduran los colectivos. Lamentablemente, en aras del culto al emprendimiento, lo estamos olvidando.
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