Elecciones y el rumbo de la salud: el diablo está en los detalles

Un Colombiano cualquiera va de viaje familiar en su carro, es hora de almorzar y debe decidir dónde parar. El sitio de costumbre no es ya una opción, pues se fue dañando. Tampoco lo era el promocionado restaurante nuevo, “del sabor a mi tierra”, que no conocía, pero ya desinfló a varios amigos. Entonces, ¿a dónde ir? Cualquiera que sea, esa elección resultará de una primera impresión visual. Van 15 kilómetros y el hambre acosa, pero todo se parece, y ha sido más fácil saber dónde no parar. Peor, de cómo resulte dependerá el resto del viaje, pero esto solo se sabrá horas después.
Llevemos eso ahora a presente: una inminente elección presidencial, con mucho candidato y poco debate, donde si bien la situación de salud destaca entre las primeras preocupaciones, poco sabemos sobre los planes de las campañas para el sector. Es más, en esos pocos espacios (y gracias a hora 20 por un debate esta semana con 4 asesores de campaña) que ofrecen brochazos, lo difícil será discernir. Aunque la reiterada ausencia del lado gobiernista en ese y otros debates da más espacio a los otros competidores, en salud ese propósito común de rectificación, o de reconstrucción para algunos, se escucha cargada de lugares comunes que hacen difícil escoger, como para nuestro paisano viajero.
La agudización de los problemas subyacentes, la falta de liquidez y su manifestación más sentida, la entrega de medicamentos; la transformación en crisis humanitaria, son ya tan reconocidas, que todas las campañas hablan de un plan de choque, tan obvio como necesario. De hecho, aquel debate fue abierto con la pregunta sobre ese plan. Para todos incluía inyecciones económicas (de 9 a 15 billones, que los saco de aquí o de allá); requerir trazabilidad en la información financiera y la necesidad de auditoria (“doble”, “internacional”, “forense”); reconocer “mirándonos a la cara” (todas, algunas) deudas con las IPS, hacer compras eficientes de medicamentos, con/sin gestores farmacéuticos; reducir la politiquería, la cambiadera de interventores y nombrar gente idónea. Los planes tenían poco más, poco menos de este u otro ingrediente…
Eso sí, un piso común, este para mí lo más importante y positivo, es dar por sentada la voluntad de mantener un sistema financiado públicamente, donde subsistan con más o menos énfasis, poder y funciones aseguradores privados que recolectan aportes (que luego retienen o transfieren más o menos), pueden hacer redes y holdings, y dan autorizaciones de atención haciendo “gestión del riesgo” en sus afiliados de mejor o peor manera. Por fortuna hay allí consenso en conectar la afiliación y cobertura alcanzada con el reconocimiento de un derecho ciudadano y exonerar a los hogares de cargas financieras. Todos ven inaceptable el aumento del gasto de bolsillo en medicamentos, lo más palpable de la crisis actual. Aunque uno quisiera verlo más explícito, satisface ver que parece ya innecesario reafirmar esos principios. Pudiera decirse que, como la selección Colombia, esta es otra de las pocas cosas que todos reconocemos y nos une como país. Bien por ese terreno ya ganado.
Con el diagnóstico compartido que el control contable debe recuperase (incluyendo la mención, vaya a saber uno si la sustentación) incluyendo la propuesta de “usar IA, blockchain, big data…”, viene el problema del gasto, el “costo de la prima”. Que no es suficiente, pero que además se está pagando sólo parcialmente. Que el aumento está justificado por sí mismo en (“la transición demográfica”) el aumento inherente del riesgo de la población a cubrir. Pero, ¿Cuánto? Sí, con UPC insuficiente no se puede, pero eso es una parte del costo. Faltan la ineficiencia, el abuso y la corrupción. ¿Qué tanto de cada una? Entonces dicen unos que no aumente hasta que no se sepa cuánto se gasta; otros, que se “reconozcan las (o algunas) deudas”, aunque no se sepa bien cuánto sean (pero sí, que siguen subiendo). Vaya galimatías de argumentos circulares. Para todos, la bola de nieve debe atajarse antes que sea avalancha, pero de nuevo, difícil diferenciar el cómo.
También aceptan todos que el funcionamiento del sistema, ligado al pago por eventos de atención, medicaliza, estimula la complejidad, y descuida la prevención. Pero, ¿Dónde y cómo conviven estos siameses? ¿Cómo recuperar y darle sangre al hermano anémico sin desfavorecer al otro? Otro diagnóstico sin prescripción. Esto viene ligado al otro lugar común: la (in)suficiencia de talento humano y el desequilibrio en su distribución. La promesa de “dignificar” al profesional de atención primaria, ponerlo en el centro y hacerlo “resolutivo”; que tenga “estímulos” para trabajar en regiones de menor densidad (que puede sonar a entrega de tierras sin apoyo técnico), o de “acudir a la telemedicina” para apoyar el déficit regional. De nuevo, ¿Cómo hacer eficiente ese recurso insuficiente? ¿Cuánto demoraría esto? ¿Cuánto se está dispuesto a pagar por una cosa o la otra?
Las campañas siguen en deuda con el sector. Les reclamamos poner la salud en el lugar que le corresponde; superar esas generalidades, pasando de los formulismos del qué, a desarrollar el cómo, promoviendo el debate sobre los mecanismos para superar sus múltiples problemas. Esa necesaria diferenciación y desarrollos deberían además incluir muchos otros temas claves aún por fuera. Resulta difícil, para quienes consideramos inviable votar por continuar lo que ya vimos estos años, distinguir entre frases casi convertidas en muletillas por las campañas hoy “alternativas”. Aceptando otra obviedad, que “no hay modelo de salud perfecto”, lo que pedimos a nuestros políticos es garantizar un mejor entorno para que los profesionales de salud puedan ser más útiles en el día a día.
En ausencia de mejor información, una fórmula para los electores y para nuestro paisano viajero quizá sea intentar entrar a la cocina; ver cómo está organizada, quienes son los proveedores; ver a quien contrata y cómo se trata a quienes trabajan allí, y sobre todo ver si el que cocina sabe, y si tiene las manos limpias. El diablo está en los detalles, dicen. Y agrego yo aquí, también en la ausencia de detalle.