Los tres huevitos faltantes en la reforma a la salud

Entre argumentos, bravuconadas y vaivenes de trámite para reformar nuestro sistema de salud, creo han quedado cosas fundamentales sin recibir la debida atención. El tema dominante en el debate, hasta volverse casi el único, ha sido el manejo del dinero, básicamente aquel destinado a pagar por la atención a proveedores y prestadores, la mayoría privados.
Apostaría a que otra fuera la situación y mucho más el avance si en el trámite la discusión se hubiera movido, al menos para empezar, a cosas menos disputadas, más alejadas de intereses. Discutir para empezar, por ejemplo, las necesidades en recursos humanos y tecnológicos para aumentar el acceso en poblaciones rurales dispersas; remontar el rezago de los hospitales públicos, o diseñar estrategias multisectoriales frente a problemas serios de salud pública, digamos la accidentalidad vial. Nada de eso hubiera tenido razonablemente quien se hubiera opuesto y hoy, luego de casi 3 años de peleas pataletas (y ahora papeletas) tendríamos más ganado ahora que esta crisis, principalmente financiera en que vivimos, que se manifiesta de cada vez más y peores maneras.
Aceptemos que por sus características, lo que hoy tenemos es más una colcha de dispersos servicios de atención que un sistema; que las relaciones transaccionales han dominado el debate, y que poco se habla de lo demás. Por eso quiero mencionar tres elementos conectores hasta ahora ausentes, que deberían haber sonado mucho más para dar mayor consistencia a este fragmentado aparato. A la manera de aquellos tres huevitos, me parece que contar con a) adscripción a un médico familiar, b) una red nacional de urgencias y c) programas nacionales para patologías específicas pueden ser rasgos que le darían más uniformidad y cara de sistema, sobre todo efectividad a lo que tenemos. La información sería la clara de estos tres huevitos.
Se ha hablado de montar miles de centros de atención primaria como “puerta de entrada al sistema”. La variable determinante para constituirlos ha sido la distancia física con los sitios de residencia, a la manera del proceso electoral. Incluso con esto se ha justificado el gasto de una billonada para “llevar equipos a los territorios” mientras llegan los centros. Pero aquí lo central no hacer contacto, sino establecer y desarrollar responsabilidad de cuidado. Esto trasciende, o debe trascender, no solo periodos de gobierno, espacios físicos, incluso profesionales individualmente. Se trata de establecer vínculos duraderos entre esos equipos y las personas, vistas como integrantes de una familia y de una comunidad. Esa estabilidad permite el conocimiento y confianza mutuas, construidas en el tiempo, que pone las bases para una buena información y comunicación. El establecimiento en cada entorno permite ver a las personas con sus características, que forman sus hábitos y estilos de vida que determinan su salud y desarrollo en el ciclo vital.
La gente necesita dormir tranquila. En salud, sentir no solo que se tiene a donde acudir por atención regular, sino también para eventualidades fuera de su entorno cotidiano. Saber que, en donde esté, el sistema es transportable, y está cerca de nosotros. Generar la misma sensación que cuando estamos en una ciudad desconocida con una red de metro extendida: casi que desde cualquier punto, uno solo tendría que mirar alrededor, caminar un par de cuadras, ubicar el logo de la estación y llegar al sistema, que lo acoge y lo lleva de vuelta a su sitio. Una de las mayores tragedias que padecemos es el desamparo que tenemos en caso de accidentes viales, emergencias cardiovasculares u obstétricas, tengamos o no plata, fama o seguidores ahora. Solo imaginen el bienestar que produciría el segundo huevito: saber que contamos con un sistema interconectado de emergencias, dotado de lo verdaderamente necesario en cualquier parte, pero sobre todo de una buena comunicación y sistemas eficientes de transferencia con los centros de complejidad.
Si existiera tal red, deberíamos asumir que a esta se accede por una situación potencialmente catastrófica. En esos centros, los médicos deberían saber el ABC de su reconocimiento, manejo inicial, y soporte vital mientras se conducen los pacientes a centros más resolutivos. Se requieren por tanto procesos, protocolos de atención que trasciendan sitios, para circular por la red al presentarse alguna de estas condiciones.
Eso nos lleva al tercer elemento: si lo vemos más allá, deberíamos contar con programas nacionales, no solo para el manejo de emergencias, sino de aquellas patologías crónicas frecuentes, desde su prevención hasta los tratamientos más especializados en diferentes sitios de atención. Los programas serían subsistemas de información orientados desde el nivel nacional por grupos estructurados de educación para la acción de todos los profesionales, a partir de unas recomendaciones (las guías de práctica) no solo para reducir variabilidad en el manejo, sino para monitorear su adherencia y resultados, y con ello orientar su retroalimentación y mejoramiento continuo de sus resultados.
La información, decía arriba, la clara de estos tres huevitos, permitiría con el tiempo, darle un cuerpo mayor de sistema a nuestra atención. Contribuiría a dar mayor coherencia, y continuidad en la atención, gravitando en personas dentro de familias y comunidades, uniendo los diferentes niveles, y dando libreto a los equipos de atención. En esta discusión politizada, centrada en la posesión de los recursos como expresión de poder, se ha dejado de lado la estructuración de los medios para materializar deseos abstractos. En todo proyecto el quid del asunto es estructurar y desarrollar el cómo. El verdadero control, no está en tener la billetera, sino en saber en qué y cuanto gastar para acertar. Por ahora, me sueño con ver a esos tres pollitos crecer.