Columna

Epidemias y sociedad: ¿Todo por unas lechugas?

Aparentemente, sí. En este caso, menos grave y mediático que otros, parece que la contaminación con Cyclospora de algunos lotes de lechuga importados desde México, produjo más de 5,000 casos de enfermedad diarreica aguda en 34 estados de los Estados Unidos (ver más). Y con mucha frecuencia las noticias nos cuentan diversos episodios de conglomerados de enfermos y enfermedades: por hantavirus en un crucero interoceánico que salió de Argentina, por virus del ébola en la República Democrática del Congo y en Uganda y, más local y preocupante, por fiebre amarilla en el Tolima y otros departamentos del sur del país. Otros graves problemas de salud, no necesariamente de origen infeccioso, también se aglutinan desproporcionadamente en diversos contextos sociales y geográficos: las muertes por sobredosis de drogas en los Estados Unidos entre 2021 y 2023 o los suicidios por armas de fuego en ese mismo país en los últimos años. Estamos hablando de las epidemias, o de los brotes epidémicos si quieren ser más exactos, que parecen haber acompañado la historia de la humanidad desde varios siglos antes de cristo: la “influenza” de Babilonia (¿1200 AC?) y la “plaga” de Atenas (¿429 AC?), entre muchos otros. La reciente y triste pandemia de Covid-19 nos recuerda la forma como esos fenómenos, inicialmente locales, pueden llegar a adquirir dimensiones planetarias y afectar de manera desmesurada a toda la población. Desde el punto de vista puramente científico y de salud pública, el estudio de los brotes y de las medidas para su contención es un apasionante campo de investigación y una rica fuente de técnicas detectivescas de recolección de información. Así mismo, la necesidad de sofisticados modelos de análisis de datos puede hacer particularmente compleja la comprensión de ciertas epidemias.

Pero esos asuntos académicos no son los que quiero tratar acá. En la raíz de las causas, y también en la base del verdadero control de las epidemias, existe un fenómeno que parece no haber sido suficientemente atendido. Una causa en la que deberían concentrarse también los esfuerzos terapéuticos. ¿Cuál es el común denominador de esos, a veces mortales, problemas de salud? Una perogrullada, que los tiempos modernos parecen estar olvidando: vivimos en sociedad. Convivimos en colectivos de diverso orden. No estamos disgregados en núcleos familiares y en cabañas montaraces desde las cuales nos juntamos de vez en cuando para intercambiar productos. Una sociedad, un colectivo social que comparte innumerables espacios reales y virtuales, es el espacio propicio para que se diseminen agentes infecciosos, costumbres, prácticas individuales o grupales, hábitos de vida, rumores, noticias, modas, productos de consumo (necesarios o innecesarios) y todo el imaginario que hace parte de nuestra vida cotidiana.

Y ese mismo colectivo social donde se origina y se disemina el problema, debería ser el “todo” que busque la manera de enfrentarlo y controlarlo. Es una sociedad, es un pensamiento de bienestar colectivo, es un solo sentido de humanidad y fraternidad por el que deberíamos estar tutelados. Miren los ejemplos del comienzo de la columna: las pruebas microbiológicas que realizó la FDA (agencia de drogas y alimentos de los Estados Unidos) para Cyclosporas en las muestras de lechugas e inicialmente reportadas positivas, fueron posteriormente desmentidas por ellos mismos. Adicionalmente, no hay transparencia ni información suficiente acerca de los procesos, destinos y mecanismos de distribución de este tipo de alimentos de origen agrícola. El crucero MV Hondius, con los 8 casos de hantavirus conocidos, tuvo un triste peregrinaje por diversos puertos hasta que pudo ser aceptado con miles de dificultades en la isla de Tenerife. El brote de ébola persiste sin control en una región con muy limitados recursos sanitarios y azotada por la inseguridad, la violencia de todo tipo y una alta movilidad poblacional. Y la fiebre amarilla en Colombia, como explicó claramente el Profesor Hernández en este mismo sitio web, enfrenta varios problemas estructurales: de nuestra nación en cuanto estado social de derecho, de su sistema de salud y, no podía faltar, del mismo entorno sociocultural en el que habitamos. Las muertes por sobredosis de drogas y los suicidios por armas de fuego evidencian una sociedad que ha privilegiado al placer como un fin en sí mismo y ha visto en las armas un derecho del mismo estatus que la libertad de expresión. Y qué decir de lo que vivimos en la pandemia de Covid-19, con la evidente falta de equidad mundial en su atención y en la distribución de vacunas, así como sus terribles consecuencias económicas, siempre peores para los más desfavorecidos.   

De manera que, como les he comentado en anteriores oportunidades para otros contextos, las epidemias y su control también deben verse desde una perspectiva comunitaria, como seres humanos en colectivo, como sociedad que crece vigorosa porque cada uno de sus miembros es capaz de pensar en el bienestar de todos y no solamente en el beneficio propio. Solamente así, quizás, esta estirpe tenga una segunda oportunidad sobre la tierra.