Los vericuetos de la ciencia en la medicina

El conocimiento, entendido como la consciencia o la comprensión de algo o alguien, es uno de los temas más apasionantes y complejos para la humanidad. La filosofía ha dedicado por entero una de sus ramas principales, la epistemología, a tratar de entender la naturaleza, el alcance y los fundamentos del conocimiento humano. Con el obvio riesgo de la simplificación excesiva, podríamos aceptar que accedemos al conocimiento del mundo y de nuestro entorno de dos maneras: una general que está dada por la intuición, la experiencia y la tradición; y otra específica y centrada en un método, que hemos denominado la ciencia.
En la medicina, al igual que en otras actividades sociales y humanas, aprendemos con las mismas dos herramientas: esa vía general o inespecífica que adquirimos a partir del contacto permanente con los pacientes y sus familias, con sus expectativas y dolencias, así como de la experiencia de nuestros maestros y del medio en el que nos desempeñamos; y de esa fuente inagotable de la ciencia y la investigación médicas. La práctica adecuada de la medicina requiere no solamente de la lógica del cuidado diario y de la profunda interacción cotidiana médico-paciente, sino de la apreciación crítica y del uso correcto de la ingente cantidad de investigación que se genera diariamente. En esa investigación médica de la que nos debemos nutrir los profesionales de la salud, no obstante, se deben considerar al menos tres aspectos esenciales que quiero resaltar acá.
En primer lugar, la investigación acerca de las enfermedades que inciden sobre la práctica médica tiene dos ramas fundamentales: la investigación básica y la investigación clínica[1]. En la primera se estudian los aspectos fundamentales de la comprensión de las enfermedades en términos de sus mecanismos intrínsecos fisiológicos y bioquímicos, sus detalles celulares o moleculares y sus potenciales tratamientos. Estas investigaciones básicas se hacen primordialmente en el laboratorio, bajo condiciones experimentales controladas y ocasionalmente en modelos animales. Es decir, son un primer paso para entender las enfermedades, pero usualmente no permiten tomar decisiones con los pacientes, porque no se realizan en poblaciones de individuos similares a aquellos que tratamos. Las investigaciones clínicas, en cambio, siguen poblaciones de pacientes en quienes se documenta su diagnóstico, su tratamiento o la evolución de sus enfermedades, y estas investigaciones son las que nos permiten tomar conductas sustentadas para nuestros pacientes: experimentos clínicos aleatorios, estudios de cohorte y estudios transversales, entre otros.
En segundo lugar, la investigación clínica en medicina, probablemente mucho más que en otras áreas de conocimiento, sufre de una profusión desbordada y de un exceso de estudios sin el suficiente rigor metodológico o la credibilidad necesarias para tomar decisiones con tranquilidad. Por muy diversas razones, que van desde la ignorancia hasta el interés comercial, las investigaciones clínicas que tenemos a nuestro alcance en las publicaciones médicas periódicas son mayoritariamente deficientes o incompletas. Por lo tanto, es un deber profesional tener los conocimientos y las herramientas básicas que le permitan al médico discernir correctamente entre ese mar de información las investigaciones útiles de las innecesarias y, a su vez, manejar los fundamentos prácticos para la aplicación real de las investigaciones de impacto en la práctica clínica diaria. Lo anterior supone que la formación completa y correcta del médico en las escuelas y facultades de medicina incluya las competencias y habilidades necesarias para hacer un uso adecuado de la literatura médica[2].
Finalmente, aun con las investigaciones adecuadas y correctamente aplicadas en la práctica clínica, el último paso del conocimiento médico a las decisiones con el paciente involucra una serie de consideraciones particulares y potencialmente complejas. Las investigaciones que analizan seres humanos nos permiten obtener una respuesta “promedio”: lo que se espera en muchos pacientes de características similares a las de los pacientes del estudio clínico, lo que se esperaría si mi paciente hubiera hecho parte de ese estudio y se comportara de la misma forma que los participantes. Sin embargo, no es posible saber con absoluta certeza si en cada una de las personas que atendemos se cumplirán estrictamente los resultados de las investigaciones. No es posible eliminar totalmente esa incertidumbre, dado que las decisiones y los resultados corresponden a cada ser humano en particular y no al conjunto de “los enfermos”. A pesar de lo anterior, con el uso de las investigaciones apropiadas y el ejercicio de una práctica médica racional, es posible reducir sustancialmente esa incertidumbre en la toma de decisiones médicas a un margen razonable y que ofrezca tranquilidad y seguridad para los pacientes y los médicos.
Estas consideraciones acerca de la ciencia médica, la práctica del cuidado de la salud y la adecuada traslación desde las investigaciones clínicas hasta cada uno de los integrantes de la comunidad, son las que deben tenerse en cuenta para entender tantos temas de interés fundamental para la sociedad como el uso de las vacunas, los efectos adversos de los medicamentos, las recomendaciones nutricionales y el rosario de promesas de la medicina funcional, entre muchos otros tópicos que espero seguir tratando en estas columnas.
Espero que tengan un 2026 fascinante.
[1] También hay investigación de servicios de salud o en tópicos de salud pública, pero esas usualmente no afectan directamente a la medicina clínica.
[2] La editorial Universidad de Antioquia publicará próximamente un libro muy útil al respecto: https://libros.udea.edu.co/index.php/editorial_udea/catalog/book/671
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