Las vacunas salvan vidas. Las vacunas mejoran la calidad de vida de niños y adultos. Las vacunas han sido uno de los logros científicos y de salud más importantes para la humanidad. Nadie debería tener dudas acerca de eso. Si no existiera la vacuna para la poliomielitis, tendríamos un millón y medio de muertes de más que se hubieran podido evitar y 18 millones de niños y adultos vivirían con imposibilidad permanente para caminar, trabajar o respirar sin asistencia externa. Sin las vacunas contra el Covid-19, las muertes totales por esta enfermedad habrían superado los 40 millones de habitantes y estaríamos en una tercera o cuarta ola pandémica con nuevas variantes virales cada vez más contagiosas. Es decir que, en la práctica real de esa “vida” con coronavirus circulando permanentemente, los sistemas de atención en salud de todo el mundo habrían colapsado hace mucho tiempo y estaríamos sin disponibilidad de cuidado intensivo y sin el personal de salud necesario, entre muchos otros horrores cotidianos. Piensen de manera similar, con sus respectivas particularidades, para el sarampión, la difteria, la hepatitis B y esa larga lista de enfermedades infecto-contagiosas que hoy intentamos controlar con la vacunación masiva.

Entonces, ante una evidencia tan abrumadora: ¿por qué importantes núcleos de la población de todo el mundo no creen en las vacunas? aún peor y mucho más triste: ¿por qué muchos padres les niegan la vacunación a sus hijos? Esta resistencia a la vacunación incluso ha tomado una forma de acción sistemática en ligas y movimientos antivacunas, con inmensos recursos económicos y logísticos y con una increíble capacidad de manipulación mediática. Su última y exitosa fase ha sido llevar nada más ni nada menos que al más alto cargo de la Secretaría de Salud de los Estados Unidos (el equivalente gubernamental al Ministerio de Salud de Colombia) a uno de sus más eximios representantes: el abogado y activista político de teorías conspirativas Robert F. Kennedy Jr. Hágame el…favor.

La respuesta a este fenómeno es extremadamente compleja y puede tener raíces sociológicas incluso anteriores a la misma aparición de las vacunas: la desconfianza popular hacia todos los sistemas de gobierno y hacia aquellas acciones masivas que se aprecien como imposiciones de una autoridad superior, el fuerte arraigo religioso al relacionar el curso natural de la enfermedad con los designios divinos y, de un calado un poco más reciente, el entendimiento de la libertad como la opción que tiene cada individuo de hacer lo que quiera con su cuerpo y con su vida.

De hecho, puede ser muy difícil caracterizar el movimiento antivacunas como un todo homogéneo en el que se puedan destacar ciertos atributos fundamentales y únicos. Sin embargo, me atrevo a proponer que las campañas de desinformación han tomado fuerza y éxito principalmente a partir de tres creencias totalmente infundadas: las vacunas causan otros problemas como el autismo, el asma o las enfermedades autoinmunes; las vacunas contienen componentes tóxicos, como el aluminio y el mercurio; y la protección, la inmunidad o la defensa que confiere el tener la verdadera infección es superior a lo que se puede obtener de la vacuna.

Vamos por partes: las vacunas, como todo tipo de intervenciones y tratamientos, también pueden tener efectos adversos no deseados. La única manera de saber si las ventajas de una vacuna superan sus potenciales riesgos es hacer investigación en seres humanos; y, de los muchos diseños de investigación disponibles, el experimento clínico aleatorizado (ECA, que les he mencionado en anteriores columnas) es la mejor manera de determinar la eficacia y la seguridad de una vacuna. Prácticamente todas las vacunas que tenemos actualmente disponibles se han investigado en ECAs con miles y miles de participantes desde hace mucho tiempo, y ninguno de esos estudios ha mostrado que ninguna vacuna, adicionalmente a la protección contra las respectivas infecciones, sea capaz de “causar” cualquier otra enfermedad de cualquier tipo. En casi todos los estudios de vacunas se describe en algunos individuos la presencia ciertos efectos indeseados menores como el malestar, la fiebre o el dolor local; pero no se han encontrado casos de autismo, alergias o alguna enfermedad que sean más frecuentes en los vacunados que en los no vacunados.

Algo similar podemos decir de los componentes adicionales de las vacunas. Si bien en algunas de ellas se pueden encontrar mínimas cantidades de sustancias que tratan de incrementar su potencia o preservar su estabilidad (el aluminio, el timerosal o el formaldehido, entre otros), la dosis total de dichas sustancias en una sola vacuna es mucho menor de la que se puede encontrar en un solo día de vida normal en el aire que respiramos o en los alimentos y bebidas que usualmente ingerimos. Adicionalmente, los mismos ECAs que han mostrado la utilidad de las vacunas, han confirmado la seguridad de los llamados coadyuvantes que se han empleado en algunas de ellas.

Finalmente, en honor a la verdad, puede ser cierto que en algunos casos la protección que confiere la infección natural sea más “potente” que aquella derivada de la vacuna. Sin embargo, si entre un 0.1% y un 10% de los niños infectados por sarampión pueden morir a causa de la infección, yo no querría esperar que mi hijo no vacunado, si se infecta por culpa de un vecino que tampoco vacunaron, tenga la suerte de quedar entre los supervivientes que desarrollen protección duradera. En cambio, si en un millón de individuos vacunados puedo esperar apenas un máximo de una reacción alérgica grave, me parece mucho más esperanzador pensar que mi niño esté entre los 999.999 que quedan protegidos de una manera más segura.  

No tengan dudas: las vacunas nos mejoran la vida.